Ozymandias, de Manuel Aja Espil
por Renato Fumero
I met a traveller from an antique land,
Who said—“Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. . . . Near them, on the sand,
Half sunk a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them, and the heart that fed;
And on the pedestal, these words appear:
My name is Ozymandias, King of Kings;
Look on my Works, ye Mighty, and despair!"
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal Wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.
Ozymandias - Percy Bysshe Shelley
Who said—“Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. . . . Near them, on the sand,
Half sunk a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them, and the heart that fed;
And on the pedestal, these words appear:
My name is Ozymandias, King of Kings;
Look on my Works, ye Mighty, and despair!"
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal Wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.
Ozymandias - Percy Bysshe Shelley
1.
En 1818, Percy Bysshe Shelley publicó Ozymandias, uno de los poemas fundamentales de la literatura romántica del siglo XIX. Su título alude al nombre griego de Ramsés II, el faraón más poderoso del antiguo Egipto, que cubrió su territorio con ambiciosas obras de infraestructura y monumentales estatuas autocelebratorias. El joven y radical Shelley, enemigo de todo despotismo, ridiculiza en su poema la arrogancia del emperador que pretendió alcanzar la inmortalidad. El tiempo ha reducido sus obras y nombre a ruinas y olvido.
Manuel Aja Espil retoma el poema de Shelley para dar título a su más reciente serie de pinturas: un conjunto de paisajes inquietantes, de mediano y gran formato, que retratan geografías tan espectaculares como heterogéneas, donde el sobrecogedor poder de la naturaleza contrasta con vestigios derruidos de nuestra era industrial. En este, como en aquel Ozymandias, la naturaleza, dueña de todas las potencias, se impone, acalla y devuelve a su justa medida la ambición humana. Sin embargo, a diferencia de Shelley, Aja Espil mira hacia el futuro: desde un tiempo que ha prescindido del hombre (y también de los animales), nos entrega un mensaje de advertencia sobre nuestro presente.
2.
Toda representación del paisaje implica una forma de comprender y aprehender la naturaleza, y a través de ellas, un modo de concebir al ser humano y al arte. Los pintores románticos, como nadie antes ni después, elevaron el género paisajístico a la categoría de reflexión metafísica y civilizatoria. Sus lienzos son el testimonio de la autoconciencia trágica de la Modernidad, que reconoce el fracaso de la ciencia y la razón para reconciliar al Ser Humano con la Totalidad.
Las obras de Aja Espil no se inscriben en el canon romántico y, sin embargo, como en aquel, el paisaje surge de un ejercicio de sustracción. De sus cuadros han desaparecido los personajes que animaban, en series anteriores, escenas de calibrado dramatismo. Sin ellos, el telón de fondo se ha emancipado, ganando espesor narrativo y complejidad. La naturaleza se transforma en protagonista. Este desplazamiento, como todo en la obra de Aja Espil, se resuelve mediante un trabajo puramente pictórico. Una refinada exploración cromática (rosas y azules para los cielos, marrones y verdes para los bosques, azules y grises nocturnos, celestes y blancos alpinos) conduce al espectador por geografías sublimes, que el artista ha inventado.
Cada una de las pinturas de Aja Espil se multiplica internamente en muchas otras. Los paisajes son el resultado de un juego de superposiciones, de presencias y ausencias, de equilibrios y pesos relativos entre los elementos representados. La escala se independiza de la perspectiva, ampliando o reduciendo montañas, árboles o máquinas según su función dentro del conjunto. Bajo el peso de los cielos y su fulgor hipnótico, es la pintura la que guía nuestra mirada, creando zonas de atención entre vastas áreas de tránsito, allí donde se define lo representado por sus contornos o sombras.
3.
Los románticos evocaban con melancolía, a través de templos y palacios desmembrados y cubiertos de musgo, tierra y vegetación silvestre, una Edad de Oro exótica, incomprensible y, sin embargo, anhelada, a la que la humanidad había dado la espalda. En las pinturas de Aja Espil, en cambio, lo que encontramos son tesoros de una era industrial pasada, presente e, incluso, por venir. Despojos enigmáticos, corroídos por el paso silencioso y arrollador del tiempo, que no revelan su origen, pero atestiguan el resultado de un enfrentamiento de fuerzas desiguales entre los humanos y la naturaleza. Aviones, motores, turbinas y satélites constituyen las huellas técnicas que certifican que allí alguna vez hubo una civilización, y sitúan estos escenarios en una inquietante continuidad con nuestro presente.
Son ruinas carentes de añoranza. Su efecto de extrañamiento, más que onírico, pertenece a la estela de la ciencia ficción. Conviene recordar que antes de dedicarse a la pintura, Aja Espil estudió cine y formó su sensibilidad artística desde niño con cómics, literatura y cine fantástico. No es casual, entonces, que en estos ejercicios de arqueología futura resuene el imaginario distópico de muchas películas y series postapocalípticas contemporáneas.
Dos de los paisajes creados por el artista deliberadamente fracturan el orden y el sentido previsible de la serie, trayendo un dimensión cercana e íntima de los efectos del Antropoceno. De menor formato, estas pinturas exhiben cenitalmente la panorámica de unidades agroproductivas en miniatura compuestas por microchips. Son obras en las que el artista no retrata la naturaleza, sino la geografía humana contemporánea, individual y colectiva, a partir de la pieza fundamental que media todas las relaciones que actualmente mantenemos con las máquinas.
4.
En un poema reciente, Ben Clark alerta contra las lecturas tradicionales de Ozymandias. El verdadero propósito de Shelley no sería proclamar que el tiempo acaba con los tiranos, sino advertir que, a pesar de ello, el poder pervive a través de las eras. Desde el arte, Aja Espil abraza otra potencia incombustible: la capacidad de crear imágenes, que permiten enriquecer nuestra experiencia del mundo y dar forma a futuros posibles. Allí radica la politicidad de estas obras. Son pinturas que abogan por un poder temporal más ambicioso, capaz de asumir una misión más grande que los intereses circunstanciales de los líderes de turno. Una política comprometida con los fundamentos de nuestra existencia como especie, que mire lo contingente y efímero con responsabilidad universal y actúe a favor de la naturaleza por intereses estrictamente humanos. De esta forma, estos paisajes sellan una alianza intertemporal con el pensamiento romántico, que, como ocurre en el soneto que le da título a la serie, postula que tan sólo el arte (el de los antiguos escultores egipcios, el de Shelley y también el de Aja Espil) logra sobrevivir a la voracidad del presente, pues participa de la verdad eterna del universo.